No hay sentimiento más lindo que sentirse amado, de ser necesario para alguien.
Sin embargo, quienes primero nos debemos amar somos nosotros.
Aceptar la imperfección como rasgo que nos identifica como personas. Y no es a la imperfección exterior a la que aludimos, a la relatividad, fragilidad y caducidad de la belleza y la juventud.
No, esa belleza externa, aparente símbolo del éxito no es la que pretendemos alcanzar.
Hablamos de la belleza como balance, equilibrio en uno mismo y en el todo.
¿Con quién hablar en silencio y en soledad? ¿Quién nos escucha cuando soñamos? ¿Por qué la búsqueda inconsciente o no tanto del amor?
Si no nos amamos primero nosotros, quién lo va a hacer con o por nosotros.
Toda experiencia frustrada es experiencia a final; el único amor perenne es el que no se piensa ni se justifica. Así como la indiferencia, como antagónica del amor, duele más para su destinatario, por la ausencia de conocimiento y reconocimiento del otro.
La noche nos lleva a la oscuridad, que no es esencialmente mala, sino que no nos permite ver, nos incomoda el espacio que no podemos controlar ni identificar. Más aún las personas que no podemos ver o no nos miran. Somos seres invisibles para muchos e intrascendentes para otros, por qué debería entonces interesarnos en pensar en quiénes no piensan en nosotros porque piensan en otros?
El equilibrio, como dijimos, es interno, es un acto volitivo, pensado y actuado.
El desequilibrio nos lleva a la tristeza, al llanto, al encierro, a una oscuridad que no espera al alba para despertarse.
¿Quién o qué es tan importante que merece nuestra tristeza por su rechazo? Nada es permanente, pero a todos nos gustaría que eso no fuera así. Pensamos que el otro nos amará y gustará de nosotros por siempre, pero eso no sucede ni sucederá. Por causas diversas, no importa cuales, pero la naturaleza nos juega a los dados todos los días.
El tiempo se encarga de sepultar la pasión, el amor y la atracción sino trabajamos para que ello no suceda. Luego, ya es tarde, a veces demasiado.
No obstante, la luz siempre precede a la oscuridad y viceversa, en un ciclo permanente que nos supera, aunque no lo queramos.
Aceptar esta limitación, nos hace anticiparnos a cualquier desdicha o tristeza, en cualquier plano relacional, no sólo el amoroso. Todas las tormentas pasan, no provoquemos más lluvias que las necesarias para que nuestro jardín florezca en primavera.
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